I’ve been wondering how can you pop in and out the way you do

En serio. Jasón tenía calambres en el ojo derecho. Le recordaba al cenicero con ojos de pez que no apestaba porque los llenaban (a lo peces) de café antes de sacarles los ojos. Pero igual dolía cuando parpadeaba sin cerrar el ojo por completo. Jeremías lloró cuando el coronel se le acercó cantando canciones de Gardel al ritmo de una sinfonía de Mahler. Mahler tenía 12 acordes semánticos disonantes en el fondo de su cajón donde guardaba las cartas de la niña de pelo azul y ojos rojos de tanto pasársela con Simón. Simón se sentía acogido por las rosas genitivas que dulcemente le roseaban su olor al inclinarse cuando pasaba con su gatito negro y rosado llamado Santiago. Algún Santiago también debió haber llorado sin cesar cuando bailaba Beethoven en el cuarto de estar mientras esperaba a alguien que posiblemente podría haberse llamado Margarita. Margarita y el sutil azar de las infancias interrumpidas por la lluvia inclemente como la que mojó a sus palomas llamadas Carlos y Federica. Aquella Federica que encontró como enloquecer a su graciosa iguana recitándole poemas de algún hombre que conoció llamado Pablo. Ese mismo Pablo conoció a Margarita que amaba las azucenas por el aroma salado que le recordaba a su casa y a su tía Graciela. Pero Graciela se sentó tristemente en el porche de la casa azul en la que vivía, triste porque sabía que Margarita nunca volvería. Margarita solía sentarse en una silla pensando que esa casa azul sería el infierno que nunca quiso merecerse por haber conocido a Pablo, el que le recitó sus poemas a Federica, la niña de la iguana (que luego enloqueció), llamada como una de las palomas de Noé salvó de la lluvia. Esa misma inclemente lluvia que interrumpió la infancia de Margarita que hacía llorar a un tal Santiago poniéndole Beethoven mientras la esperaba en la sala de estar. Santiago como el gato de Simón que era feliz por el olor que le roseaban las rosas, a veces mientras andaba con la niña de pelo azul y ojos rojos que escribió las cartas que Mahler guardó debajo de sus 12 acordes semánticos antes de escribir esa sinfonía que tenía el ritmo con el que el coronel cantó las canciones de Gardel que hizo a Jeremías llorar. Lo importante es que a Jasón le dolía el ojo derecho cuando parpadeaba sin cerrar el ojo completamente porque tenía calambres. El oído fue una mentira, como el cenicero de ojos de pez lleno de café, mientras yo escribía pensando en lo mucho que quiero verte parpadear.
En serio.

Sounstrack: el silencio del salón.

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