To fear is to know

Yo recuerdo que fue un quince de agosto el día en que la vi por primera vez. Eran alrededor de las 4 de la tarde. La esperaba con ansias, con curiosidad, con una adolorida onirofobia. Mis rodillas temblaban de manera insensata y casi infantil, como la primera vez que tiemblan las piernas en el primer día de colegio, mientras miraba con expectativa a todos lados de la terraza del café. Las sillas de una imitación a algo parecido al mimbre en plástico y metal, incómodas, desastrosas e invencibles al paso de la lluvia, el viento, el humo de cigarrillo, los amantes adorados y despreciados por la vida, eran un triste consuelo, mientras yo pensaba una y otra vez sí  ella llegaría de la mano de él. Y allá estaba yo, inquieta. Hasta que llegó, en efecto, de la mano de C., con una apacible sonrisa en sus macilentas y cloradas mejillas.

Entraron a la terraza por la izquierda de mi mesa, por la ventana de vidrio, ya amarillento y desgastado, que no pudo resistir al paso inclemente del tiempo como sus compañeras sillas. C. iba demacrado y enclenque, como era preciso y ordinario en alguien que padecía de su enfermedad. Su cabello liso, borgoña en la punta y café en las raíces, que ya para entonces le llegaban hasta los hombros, se veía raído, acabado, con horquilla y demás. Iba vestido con su inolvidable saco negro, el cual se veía tan desgastado como su pelo, unos jeans azul oscuro con un hoyo en la rodilla izquierda como aquellos que se hacen luego de haberlos usado demasiado. Tenía unos tenis azules, extraordinariamente nuevos, pero ya marcados con su distintiva maña de pintarles la suela con esfero. Él iba lento, mortecino, silencioso. Llegaron y miraron a todos lados con la esperanza d no encontrarme ahí, en el sitio que habíamos acordado y a la hora específica que habíamos dicho una semana antes. Sin embargo, me localizaron, sentada con mi eterno cigarrillo en mi mano derecha, raída y con uñas agrietadas por el paso de los meses de cigarrillos tras cigarrillos, mis gafas negras y mi codo derecho sobre la mesa redonda,de metal y con  diseños de círculos que se sobreponían unos a otros en la superficie plana. Y ahí, justo después de haberlo divisado acercándose, ella salió de atrás de él, aunque yo la había visto primero.

Me encontró segundos antes que C. y detuvo su mirada estática en mí. Se encontraba parada, alta, alargada, de aproximadamente 1,70 de estatura y parecía ser alguna estatua ecuestre de Napoleón. Se llevaba a así misma con un porte nunca antes visto por mis fatigados y lacrimosos ojos. En tantas fotos la había visto antes, de todas maneras, con gente o sola, con su pelo castaño y sus ojos frondosos. Siempre me pareció que su belleza era dura, estoica y austera, sin embargo, teniéndola frente mío, en carne y hueso, todos sus rasgos eran incluso más exagerados y su presencia engrandecía el frío vehemente de su aspecto. Tenía el pelo suelto, las cejas arqueadas, inquisitivas y cínicas, los ojos abiertos de par en par con una insaciable y mal ocultada curiosidad; su boca era exageradamente roja, carnosa y reseca; sus pómulos eran grandes, casi descomunales, mas tersos y delicados; sus mejillas eran blancas, parecían esconder un poco de muerte debajo de ellas. Sus orejas recogían el pelo detrás de ellas y se agrandaban por ello. De sus lóbulos colgaban unos aretes simples, negros y largos, hechos de pepitas una encima a la otra. De su cuello de cisne, largo y exquisito, colgaba un collar con una cuerda negra, hecha de cuero, con un dije de un dragón, alargado, con aspecto terrorífico e implacable. El dije quedaba en el centro de su escote. Tenía un saco con cuello en “V”, que dejaba expuesto un poco más de lo que se consideraría aceptable, sin embargo ella obviaba ese hecho y no prestaba atención a los ridículos, presuntuosos y moralistas cuchicheos que se hicieron al entrar ella en el recinto. El saco que traía era oscuro, con mangas que le quedaban largas de las cuales apenas sobresalía el dedo corazón y un poco más ancho que de costumbre para esconder su abultada figura que la hacía sentirse menospreciada, por lo que me contó después. También tenía jeans, algo tan natural en ella que se pensaría que no tenía nada más que 3 pares de jeans y absolutamente nada más de ropa. Iba con sus amadas e idolatradas botas de cuero negras y cargaba un bolso también negro, como todo lo que a ella respectaba.

Todo esto detallé en menos de los 10 segundos que tardaron en abrirse paso entre la multitud para llegar a donde yo atemorizada y acongojada los esperaba. No obstante, aparte de todo lo que tuviera que ver con su físico, lo que más me cautivó, fue su mirada, diciente, maligna, impetuosa, irreverente, despectiva,y sutil . Toda su mirada contenía eso y más, al momento en que se sentó, me musitó saludo con su voz taciturna y me clavó la mirada, de la cual nunca me pude reponer. Por tan sólo unas milésimas de segundo, ella soltó una ambivalente sonrisa, torciendo hacia la izquierda su fastuosa boca; y sólo con eso me dijo, en tan silencioso gesto que sí, en efecto, yo había perdido la batalla y que él ahora le pertenecía. Además, que yo, tan insignificante, despreciable y fútil remembranza de algo que ni siquiera alcanzaría a ser un verdadero ser humano, no era una amenaza para ella. Él la había escogido.

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