Say cheese and hope for the worst

Me encontré una foto de esas de pasaporte o carnet o documento genérico. Fondo azul y un rostro un poco asustado. Es un joven, al que llamaré Andrés Jahir. Tiene pelo oscuro (pintado, porque se le ven las raíces más claras), peinado “emo”, ojos clarísimos y piel lechosa. Fue la primera foto que encontré, hace unos dos años. Me gusta, porque he visto al dueño muchas veces caminando por ahí. Sé quién es, sé cómo se viste y sé cómo me mira cuando voy con sombrero de hombre. 

Lo voy a llamar Andrés Jahir, porque tiene cara de Andrés Jahir, así no esté segura de que ese sea su segundo nombre. Me gusta ponerle un segundo nombre, para poder escribir una historia sobre él y me gusta incluso más saber que él jamás se dará por enterado que tengo una foto suya y que escribí una historia sobre él.

Andrés odia su segundo nombre un poco más de lo que odia su primer nombre. No le gusta llamarse Andrés, porque hay muchos “andreses” por ahí, sin embargo ni muerto se presentaría como Jahir, ya que, no sólo se le hace un nombre bien veo, sino que es el mismo nombre de su padre, que lo dejó cuando cumplió 13. No es que odie a su padre y no es que éste lo haya abandonado, realmente. Se separó de su madre cuando ésta se enteró de que él tenía otra mujer y no quiso dejarlo entrar a la casa nunca más, para no darle un mal ejemplo a sus hijos (Andrés tiene un hermanito que se llama Azul). Jahir Senior vive hoy en Medellín con su nueva mujer y una hija de 6 años, que nació un día después de Andrés. 

La otra razón por la cual a Andrés no le gusta su nombre (el primero) es que como lo comparte con tantos de sus amigos, no tiene la oportunidad de hacer que su nombre tenga un verdadero impacto en Valentina, la niña que le ha gustado (muchísimo) desde que entró a la academia. Valentina en realidad se llama Luz Dary, pero no le gusta su nombre. Se presenta como Valentina desde que tiene 16, sólo que no ha tenido el tiempo de cambiar su nombre “oficialmente”. A Andrés le gusta que Valentina también odie su nombre, porque al menos algo comparten. Así ella poco se fije en él y sólo lo conoza como “Andrés-camiseta-a-rayas”, por su manera de vestir. Andrés sabe que Valentina es la mujer de su vida, tristemente. 

Él la mira intensamente. Siempre que se cruzan los ojos, quiere decirle algo más en la mirada, pero Valentina sólo lee unos ojos asustados que confunde con timidez, en vez de amor. Es el gran problema de la vida de Andrés, porque su timidez siempre le ha costado las cosas que más ha querido. Ha intentado por todos los medios salirse del “camiseta-a-rayas”, pero la verdad sólo se ha salido de eso para ser a sus espaldas cuando Valentina habla de él, “Andrés el tímido raro”. 

Valentina tiene sus ojos cafés puestos en otro Andrés, “el churro”. Tanto que ya, realmente sin quierero, está embarazada de él. Lo sabe, pero no sabe cómo decirle. Cuando le diga, lo único que espera es que la quiera de verdad, como lo ha soñado desde que lo conoció, porque este Andrés, el churro, es perfecto. Es tan distinto a su padre, tan relajado y sensible, que sabe que la va a estar feliz cuando sepa que va a ser papá. Valentina está un poco asustada, porque no ha acabado la carrera, pero sabe que con la ayuda de el churro, podrán formar esa soñada familia y serán felices. 

Andrés, el churro, por su lado no está pensando en familia. Él quiere ser futbolista. Ha estado estudiando porque sus papás le insistieron, pero su verdadera pasión es la pasión de muchos: el futbol. Le gusta Valentina, pero es demasiado intensa a veces. Demasiado. En una fiesta se terminaron besando y demás, pero hasta ahí va la cosa. Es muy difícil mantener una relación, si se es ambicioso. Si se tiene una única y sola meta. Pobre Valentina, pero el deber es el deber. Su deber lo llama. Además, aunque no se lo ha admitido a nadie, el churro sabe que en el fondo, muy en el fondo, no le gustan las mujeres. Pues no tanto como a otros hombres sí le gustan.

Valentina ha buscado a Andrés, el churro, por todos lados para darle la gran noticia, pero éste no aparece por ningún lado. Le dijeron que se retiró de la carrera porque lo llamaron para que jugara con su equipo favorito, del que ha sido hincha por los años de los años. Ella desespera un poco, pero no importa, sabe que lo va a encontrar en su celular. Lo llama desde una cabina telefónica y le dice que tiene que hablar seriamente; él responde emputado porque está ocupado y no tiene tiempo para “esta vieja loca”. No sabiendo cómo endulzar la noticia se lo dice de frente. Sí, estoy embarazada, sí es tuyo, sí te amo y vamos a ser muy felices. Andrés, el churro, se queda callado unos treinta segundos y Valentina se afana porque le va tocar pagar más de 3 minutos de llamada a celular y no tiene casi plata. Su amor le dice que no lo vuelva a llamar. Que haga lo que se le dé la regalada gana con el chino, pero que ni por el putas él va a responder por él, porque ese no es hijo suyo, putica de mierda. Cuelgan ambos al mismo tiempo. 

Ella está en shock. No sabe qué ni cómo decir nada. Paga la llamada, sale y se sienta frente al local, sin saber cómo seguir viva. Andrés “camiseta-a-rayas”, que estaba sacándose unas fotos para el carnet de la academia, la ve y se le acerca. Está pálida y con la mirada perdida. Andrés la rodea con el brazo por el hombro y le dice que todo va a estar bien, así no sepa qué es lo que está mal en un principio. Ella rompe a llorar y le cuenta todo. El sonríe para sus adentros y sabe que ésta es su oportunidad. Hará lo que sea por ella, porque, a fin de cuentas, ambos odian sus nombres y ella es la mujer de su vida. Eso es suficiente para él. Para ella es suficiente tener quién la mantenga. Ambos se conforman con una odiosa situación. No lo saben, pero pasarán el resto de sus vidas en una miserable tristeza llena de conformismos y mentiras. Él conseguirá otra mujer, que sí le guste su nombre y que no conozca ningún otro Andrés. 

Cuando se paran y toman los primeros pasos de su vida juntos, a Andrés se le cae una de las fotos que se acaba de sacar. Olvídenlo, él ya no tiene mirada asustada. Ya consiguió lo que quería. Ya tiene a la mujer de su vida, que odia su nombre y no se llama Valentina. Ya ganó. 

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3 thoughts on “Say cheese and hope for the worst

  1. U-A-U

    Me encantó.
    Digna hija de tu padre, contando historias de desesperación donde las mujeres lloran y los niños se arrancan los cabellos.
    ¿O es al reves?

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