Will

Can you tell me when did I change?

Where?

Can you discover all that’s inside of me?

Can you tell?

Will you?

(shameless self-promotion: I updated and enlarged this blog, guess where).

Soundtrack: Reckoner (Backing Vocal Stem) (Radiohead).

It’s only pretending

If you were an ocean, I’d learn to float

Will you slay your love for me?

Así, tal cual como estoy vestida hoy, me bajaría del avión y estaría allí esperándome. Le daría un beso en la mejilla derecha, fumaremos un cigarrillo a la salida del aeropuerto en silencio (no queríamos dañar el momento). Apestará a un Axe de esos supuestamente irresistibles (pero de verdad espero que no sea así). Sin atenuantes, sin anestesia, le preguntaré a dónde me llevaría, ya entrados en gastos. Ya estando allí, ¿qué más podemos hacer?

Pagamos la habitación por mitades. Sucedería lo que deberá suceder (porque incluso allí no seré ni sería capaz de describir ni eso ni aquello). Fumaremos antes y después. Luces baratas. Cortinas rojas, para el efecto pobretón del motel. Es temprano todavía. Cerca a mediodía.

Le diría que justo en ese preciso instante lo amo. Sin duda lo amaré, aunque luego al salir del cuarto, dejaré de hacerlo (porque ¿ya para qué?). Algo infinito y momentáneo, como son todos mis amores. Sin rodeos (luego de mucho pensarlo) saldríamos del hotel (hotel, motel, qué diferencia hace ya) y nos despediremos con un abrazo insostenible e insoportable. Mantendré mi mirada fija en sus ojos, él se sonrojaría inocentemente y citará a aquella canción con mi nombre, tal como yo lo había previsto.

Partimos. Yo derecha; él izquierda.

Carajo, caí en cuenta muy tarde. Era y seguirá siendo imprescindible tomarle una foto, porque tengo que fijar esta realidad para poder re-crearla mis sueños. Esos que viven mezclados en un pasado imperfecto, cerca de un futuro y justo al lado del condicional dentro de nuestra realidad paralela.

These twisted chords

Traté de hacer una canción que no existe.

Un sueño que (no) ocurrió. Le dije, que a diferencia de Horacio y Lucía, él no era un Mondrian y yo no era un Klee. Más bien, él era un Rembrandt y yo una ventana de Hundertwasser (sin tantos colores). Él se fue. Siguió su camino, sin decir palabra. Sin dejarme oir su voz.

Fue tan real, que lo creí falso.